lunes, 16 de junio de 2008

¿Comprar a Cuba con telefonitos?


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Economía
domingo, 15 de junio de 2008
ImageLuis Toledo Sande Cubarte - Cubarte.- En lo más crudo de circunstancias que no cesan del todo, y que se bautizaron, como para conjurar pesimismos, período especial, Cintio Vitier leyó un memorable discurso ante un público de cubanas y cubanos, mayoritariamente jóvenes, que lo aplaudieron con emocionada identificación. Vitier citó del Diario de campaña de José Martí una línea que había pasado como inadvertida o sin mucha atención entre sus estudiosos. Al resumir conversaciones sobre la guerra independentista de 1868-1878 sostenidas por combatientes de la iniciada el 24 de febrero de 1895, el 7 de mayo de ese año Martí describe el entorno insurreccional de aquellas pláticas, y apunta: “El alambre del telégrafo se revuelca en la tierra.”
Vitier observó que en la narración martiana la imagen del cable telegráfico hacía pensar en una culebra. No era para menos, tratándose de un medio material que, de no cortarse hasta dejarlo retorciéndose en el suelo, habría servido a las fuerzas colonialistas españolas en su afán de impedir el triunfo de los rebeldes cubanos que nuevamente se habían alzado por la liberación nacional. Se estaba una vez más ante la tenacidad de un ejército popular, pobre, enfrentado a tropas regulares bien pertrechadas.

Aquellas conversaciones ocurrieron “cerca de Baraguá”, escenario de la histórica Protesta, y Martí recogió en su Diario el testimonio del combatiente cubano que había guiado al general colonialista Martínez Campos a su encuentro con el general libertador Antonio Maceo, quien rechazó las propuestas del representante del gobierno español. El guía cuenta la reacción de Martínez Campos: “El hombre salió colorado como un tomate, y tan furioso que tiró el sombrero al suelo, y me fue a esperar a media legua.”

Semejante furia se inscribe en la soberbia de los poderosos que han querido someter al pueblo cubano, al cual en sus luchas no lo han amedrentado las desventajas de ningún tipo, incluidas las tecnológicas. Pero la cita del Diario martiano no era un llamamiento a menospreciar la tecnología, ni sugerir tal cosa era la intención de Vitier. Profundo conocedor del legado martiano, al autor de Ese sol del mundo moral no podría escapársele que uno de los aportes de Martí para nuestra América fue señalarle a esta la necesidad de asimilar —en acuerdo con las posibilidades y características propias— los avances tecnológicos cosechados en el mundo.

La tecnología la han capitalizado particularmente los poderosos, pero es una conquista de la humanidad, en especial de los trabajadores que la producen. Y así como el consumismo es un triunfo de los poderosos, el consumo racional será una victoria de los trabajadores, quienes crean los bienes con que el género humano vive. Las desigualdades en la distribución no han de invitar a los revolucionarios a luchar contra los bienes, sino en pos de la equidad en su disfrute.

Un país afanado en la construcción de un modelo social justo, con base en la equidad distributiva —no en las maquinaciones capitalistas—, no debe caer en las trampas de la sociedad de mercado. Pero la opción frente a ella no es desconocer a voluntad procedimientos y caminos de comercialización sin los cuales —al menos en las circunstancias de hoy y para las previsibles en lo inmediato— resulta difícil no digamos ya lograr, sino imaginar un funcionamiento social sensato. Un desafío similar tuvo Cuba ante sí cuando se vio en la necesidad de despenalizar la tenencia y el uso de divisas.

Ante la imposibilidad objetiva, en determinadas circunstancias, de disfrutar ciertos bienes materiales, la salida más inteligente no será satanizar los bienes mismos —que son frutos del trabajo y la inteligencia humanos— y perpetuar como buena la resignada aceptación de no tenerlos. Que, por ejemplo, en una etapa dada Cuba no pueda permitirse la extensión de internet a nivel individual, no debe llevarnos a suponer que esa aspiración merece cortarse como un alambre que, como si fueran a beneficiarse de él los opresores, merezca dejarse retorcido sobre el suelo, como una culebra.

En un congreso internacional celebrado en La Habana, una colega con buenas intenciones quiso desmentir las calumnias lanzadas contra Cuba por quienes dolosamente califican de estrategia política lo que es insolvencia económica para propiciar, en lo inmediato y masivo, el disfrute hogareño del servicio de Internet (a gran escala, porque de distintos modos no pocas personas del país lo tienen ya en sus casas, como otros recursos de acceso restringido). Para desmentir las aviesas calumnias, la colega dio por buena, o como única opción válida, si no eternizable, la utilización social de ese logro: en centros de trabajo e instituciones determinadas.

Otras voces también salieron en defensa de la patria, y argumentadamente refutaron el reduccionismo infuso en tal tesitura. Pero no hay por qué suponer que esta fuese un hecho aislado. En torno a la tecnología parece “natural” que haya deslumbrados y escépticos, quienes son maniáticos de ella y quienes la satanizan. En su momento no faltó quien asociara al video —envejecido ahora, en pocos años, ante el surgimiento de otras formas de reproducción de imágenes cinematográficas, como el DVD— con la difusión de contenidos perversos: engendros políticos y malignidades pornográficas. Los medios no son sino eso, medios, y sus efectos dependen del uso que se haga de ellos. Tampoco descontemos la herencia del espíritu inquisitorial: yo puedo tenerlos, porque sé usarlos para el bien; los demás, no. Alguien que merece crédito me contó sobre lo ocurrido hace unos cuantos años en su centro de trabajo, al analizarse actitudes consideradas indeseables y que se habían detectado entre algunos de sus integrantes. Quien dirigía las valoraciones empleó términos que también merecerían tomarse como preocupantes: en sí mismos y por venir de un portador de incuestionables méritos. Según el testimonio aludido, esto dijo como señal de las debilidades apreciadas en miembros de aquel colectivo: “Quieren tener computadoras en sus casas.”

La expresión podría tomarse como un despropósito más. Pero no es seguro que sea del todo ajena a ciertas inercias mentales nada recomendables. No lo serían en general, ni mucho menos para una nación a la cual su máximo guía le trazó, poco después del triunfo revolucionario, entre otros deberes dignos, el de ser un país de hombres y mujeres de ciencia. Esa es una aspiración ubicada en el camino abierto o desbrazado por quienes desde mucho antes del 1 de Enero de 1959, a menudo sin apoyo oficial alguno y en medio de arduas dificultades, le aportaron a la patria una base de pensamiento y de hechos científicos que figuran entre sus motivos de orgullo.

Cuando por falta de recursos para adquirirlos, o de generación de energía para asimilarlos y ponerlos en funcionamiento, no podamos disfrutar de algunos adelantos tecnológicos logrados por la humanidad —incluso por nuestro país—, puede ser un deber patriótico entender la necesidad de renunciar a ellos temporalmente, y explicar las razones de la renuncia. Pero harto diferente sería tender a eternizar, como buena, la carencia. En cuanto cesen los motivos del impedimento, debe darse camino a la liberalización, sin esperas que propicien crisis innecesarias.

Quizás ninguna energía le sea más necesaria a un pueblo que la vigilia para impedir el triunfo de medidas burocráticas sobre la creatividad y el sentido de soltura indispensables, máxime en una sociedad que se empeña en perfeccionar un modelo verdaderamente democrático: que sirve al pueblo. No son el imperio y sus cómplices quienes tienen derecho a reclamarle a Cuba el logro de alternativas cada vez más democráticas. Ellos, que están comprometidos con delitos de lesa humanidad, encarnan un sistema social cuyos beneficiarios, cualesquiera que sean sus maniobras publicitarias para autolegitimarse, son los poderosos; y eso no es democracia.

No es seguro que el imperio confíe en que su agresividad derroque a la Revolución cubana. Pero menos seguro es que descarte que los ineludibles mecanismos defensivos abrazados por ella generen resignaciones e inercias nocivas, contrarias al clima de soltura y de bienestar material y espiritual que necesita y merece un pueblo capaz de mantenerse firme frente a las maniobras de sus terribles enemigos, y vencerlas.

Ha hecho bien el gobierno cubano en no demorar más la supresión de restricciones que impedían o dificultaban a los ciudadanos del país adquirir bienes como computadoras, teléfonos celulares, equipos de reproducción de imágenes y otros. Algunos más se sumarán seguramente a esa ganancia revolucionaria, en la que se ubica el derecho a disfrutar, como huéspedes, hoteles que deben seguir sirviendo para recaudar divisas que benefician al propio pueblo. No menos indispensable resulta eliminar otras limitaciones, como las que dificulten a cubanas y cubanos viajar por el mundo. En ningún país puede viajar quien no tenga dinero para costeárselo. Pero privemos a nuestros enemigos del argumento de que Cuba limita la salida de sus ciudadanos. Salvo restricciones particulares que por motivo de seguridad, requerimientos laborales o medidas punitivas pueden darse en cualquier parte del mundo, dejemos que carguen con el expediente de la prohibición aquellos gobiernos que ahora niegan sus visas a cubanos y cubanas y luego consienten o apoyan cualquier propaganda que presente a Cuba como el país prohibidor. Con su inmoral Ley de Ajuste Cubano, los Estados Unidos son el más craso ejemplo de ello, pero no el único que podría citarse.

A Cuba le urge tomar medidas internas para resolver necesidades básicas de la población, y para no verse obligada a importar productos que en ella pudieran cosecharse, ni a mantener una dualidad monetaria que acaso no genere menos problemas indeseables que soluciones necesarias. Pero, por sí sola, la implantación exitosa de esas medidas en el terreno productivo no garantizaría el logro pleno de un funcionamiento social sin trabas ni demoras burocráticas dañinas. Nada debemos hacer para complacer a nuestros enemigos. Ellos no quieren que perfeccionemos nuestro sistema social, sino que torzamos el rumbo y nos sometamos a los designios imperialistas. Pero por no parecer que cedemos ante ellos tampoco debemos dejar de hacer lo debido. Que Cuba sea una anomalía sistémica en un mundo dominado por la globalización imperialista es motivo de honor, y una victoria; que viviera innecesariamente privada de la normalidad a que debe aspirar en su funcionamiento interno, sería una conquista de las fuerzas que intentan destruirnos, o que nos enquistemos, lo cual sería una segura forma de parálisis, o de autodestrucción.

Que no logremos lo que resulte materialmente imposible alcanzar por los obstáculos que se nos imponen desde fuera —el bloqueo estadounidense no es una ficción fabricada por Cuba— el pueblo lo comprenderá o, en último caso, no sería una falta que pueda atribuirse a inercia o a carencia de voluntad de nuestra parte. Que por fallas nuestras nos atascásemos en el burocratismo y en la falta de creatividad y soltura, sería un costoso descrédito para los afanes de construir una sociedad más justa.

No le regalemos al enemigo ni siquiera un pretexto, y, si él los inventa, que sea sin ayuda nuestra. Que mientras arrecia el criminal bloqueo contra Cuba un presidente monstruoso se permita la desfachatez de establecer un supuesto día de solidaridad con el pueblo cubano y ofrecerle telefonitos, es una evidencia más de la aberrada y corrupta estructura moral y política de ese presidente, de su sistema y de sus cómplices.

No tenemos que renunciar a las conquistas de la tecnología, ni a la organización económica que —salario y precios por medio— también sea indispensable para crecer en bienestar y en independencia. Si alguna demora nuestra les ha servido o sirviera de asidero a nuestros enemigos, válganos de enseñanza. El pueblo que ha resistido los embates del enemigo, y se sobrepone a las deficiencias propias, merece ser, además del destinatario de los mejores frutos logrados en todos los órdenes, el núcleo orientador de las aspiraciones trazadas, y de los mecanismos para conseguirlas. Ese pueblo es acreedor de gloria y disfrutes, y debe sacrificarse para alcanzarlos, en la misma medida en que no será comprado con telefonitos ni con dádivas imperiales de ningún tipo.

1 comentario:

Té la mà Maria - Reus dijo...

como buen comunista, sueltas unos rollazos que marean, dicen verdades, però marean, jajajaja

saludos